Acuarela

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martes, 16 de julio de 2013

La Cruzada contra el Islam

Guerreros musulmanes S. XI
Mientras se producía la toma de Salvatierra, Alfonso VIII sin intervenir se encontraba en la Sierra de San Vicente organizando junto a su hijo el Infante D. Fernando, Diego López de Haro y el Arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, la ofensiva contra el ejército Almohade en 1212. 

Convocaron a las órdenes militares, mesnadas nobiliarias y milicias concejiles para su concentración en Toledo el 20 de mayo de 2012, día de Pentecostés. 

D. Fernando, infante de Castilla y heredero de la corona, solicitó al Papa Inocencio III, que concediera la categoría de Cruzada a la expedición bélica convocada para el año siguiente. La desgracia hizo que el 14 de octubre de 1211 falleciera en Madrid de fiebres altas, el heredero de Alfonso VIII, el Infante D. Fernando. 

Alfonso VIII ordenó a Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, canciller del reino y primado de España, que predicara dicha Cruzada. Y lo hizo, con gran éxito, aparte de ocuparse directamente de la complicada logística de la operación: mover un ejército de más de diez mil hombres durante un mes por La Mancha, despoblada y seca, en pleno verano. 

Pese al llamamiento de la Cruzada, no todos los reinos cristianos acudieron. Alfonso IX de León, primo y vasallo del rey de Castilla, se negó a prestar su ayuda y aprovechó la salida de las tropas Castellanas hacia el sur para invadir la Tierra de Campos y Portugal.

La participación de Sancho el Fuerte de Navarra, primo del rey castellano, fue simbólica, pues era amigo de al-Nasir, que le había proporcionado grandes sumas de dinero. Todo lo contrario que Pedro II de Aragón -Pedro I de Cataluña-, quien, desde el primer momento, fue incondicional colaborador de Alfonso VIII y, junto a él, todos los grandes magnates de su reino. 

A la concentración de Toledo llegaron además numerosos cruzados de toda Europa, especialmente del Mediodía francés, pero también de Alemania e Inglaterra. Son los llamados ultramontanos en la Crónica del Arzobispo de Toledo.

Aparte de las motivaciones religiosas, muchos soldados acudieron al llamamiento a cambio de una contrapartida material con la mente puesta en un enriquecimiento rápido que compensara los riesgos y sufrimientos.

En la campaña de las Navas la riqueza comenzó a fluir desde la conquista de las fortalezas entre Toledo y Sierra Morena.

Castillos como los de Malagón, Benavente, Alarcos o Caracuel no se encontraban especialmente surtidos de riquezas. En Calatrava por el contrario las ganancias conseguidas fueron sustanciosas. El botín se repartió a partes iguales entre ultramontanos y aragoneses.

Anexo 10) Castillo de Benavente
Ruinas del castillo de Benavente

El castillo de Benavente se encuentra a las afueras de la ciudad de Ciudad Real, en el despoblado de Benavente.

Se puede llegar a él por la carretera N-430 saliendo de Ciudad Real en dirección a Piedrabuena, una vez pasado el puente de Alarcos y la torre de Galiana.

De origen musulmán, era un pequeño castillo de forma cuadrangular con torre en el centro. Se despobló definitivamente con la expulsión de los moriscos en 1600. 

De sus restos tan solo queda trozos de muralla y un aljibe en el centro del castillo.

lunes, 15 de julio de 2013

Vida cotidiana antes y después de las Navas de Tolosa

Terrenos cultivados cerca de Calatrava la Vieja
Afianzada la ocupación musulmana, sin resistencias notables en La Mancha, se conformó una nueva sociedad a través de procesos de asimilación y adaptación de costumbres, lenguas y creencias religiosas.

Aún así la zona permaneció escasamente poblada hasta las Navas de Tolosa, pasando de tierra de tránsito a frontera, condicionando los modos de vida cotidianos y la actividad económica.

La dedicación principal de la población durante la dominación árabe fue la ganadería extensiva de ovino. Para aprovechar mejor los pastos del Campo de Calatrava y el Valle de Alcudia se desarrolló la transhumancia de los ganados.

Durante la época Almohade los soldados musulmanes complementaban la merma de sus ingresos por tributos y botines, con el cultivo de las tierras cercanas a los castillos y fortalezas a las que tenían derecho de explotación en usufructo.

Las operaciones bélicas no permitieron un desarrollo de la agricultura, que se limitó al cereal de secano y en menor medida a la vid y al olivo a pesar de tener prohibido el consumo de vino. Cerca de los ríos, los árabes cultivaron huertas y árboles frutales donde tuvieron la oportunidad de desarrollar sus técnicas de regadío, pozos, norias, azudes y acequias.

La alimentación se complementaba con las capturas de la pesca y de la caza, ciervos, conejos, perdices y jabalíes, además de los animales domésticos, gallinas y cerdos.

El comercio se limitó a la comercialización de la lana, el queso, la miel y la cera. Se desarrolló la alfarería sobre todo en Calatrava con apreciadas piezas de cerámica y vidrio. Trabajaron también el hierro para producir armas y herramientas.

Explotaron el mercurio en las minas de Almadén[1] y el plomo, la plata y el hierro en Mestanza, Solana del Pino, Valle de Alcudia y Montes de Toledo.

Los métodos constructivos musulmanes fueron, en los castillos y fortalezas, tapiales de tierra sobre zócalo de mampostería. Los sillares de piedra los empleaban en las torres, puertas y esquinas. En las viviendas tapiales de tierra sobre base de mampostería, tejados sobre vigas de maderas cubiertas de barro y jaras o retamas. La teja la utilizaban en las construcciones más nobles.

Enterraban a sus difuntos en necrópolis que ubicaban en los caminos de entrada a las ciudades. Existe una necrópolis Almohade en Calatrava la Vieja y mezquitas documentadas en Almedina, Calatrava y Arenas.

La sociedad castellana

El poder del rey era casi absoluto. No solo disponía de la soberanía y del poder político sobre el territorio, sino que también pertenecía a él la propiedad bajo la figura del realengo que podía ceder a los nobles, monasterios, concejos y órdenes militares.

Para el mejor gobierno de su reino se apoyaba en un escaso número de personas, los altos funcionarios, Mayordomo, Alférez, Merino, Canciller y Notarios. Desde 1206 ocupó el cargo de Canciller, el Arzobispo de Toledo, D. Rodrigo Jiménez de Rada, personaje fundamental en la campaña de las Navas, dato que nos aclara la gran importancia de la Iglesia.

Existía también la Curia, un órgano colegiado de consejo y asistencia del monarca en asuntos políticos, económicos, militares y judiciales del que formaban parte la familia real, los nobles y los obispos.

Un reducido número de familias nobles se encontraban en lo más alto de la sociedad controlando todos los mecanismos del poder político y económico. Apellidos como los Lara, Castro y Haro, serán los protagonistas durante la minoría de edad de Alfonso VIII y en los enfrentamientos con los musulmanes y otros reinos cristianos.

La mayoría de los habitantes que vivían en el reino de Castilla durante el siglo XII se dedicaban a la ganadería y la agricultura. El comercio y otras actividades económicas tenían escasa importancia.

La lucha contra los musulmanes y la necesidad de poblar los nuevos territorios que se conquistaban, favorecieron durante el reinado de Alfonso VIII la generación de una sociedad de hombres libres. Los musulmanes cautivados durante las incursiones, quedaban privados de libertad al servicio de sus amos cristianos hasta que pagaban un rescate o eran canjeados.

Los ingresos de la corona provenían de las rentas que obtenía del realengo de la tierra y del “quinto” del botín que se obtenía en las conquistas. Para la campaña de las Navas, la corona tuvo que solicitar una aportación extraordinaria a los súbditos “pedido”. El clero de Castilla aportó la mitad de las rentas del año[2].

A medida que avanzaba la reconquista, las incursiones de los ejércitos se cebaban con los cultivos y las propiedades, arrasándolos.

Conseguidos algunos territorios por los cristianos, con el fin de fomentar la actividad agrícola y la fijación de población, la orden de calatrava concedía a cada colono una yugada de tierra para labrar y un solar para hacer casa. Este proceso de articulación espacial, territorial y poblacional se apoyó en las fortalezas, aldeas, parroquias y casas de explotación rural[3].

Alfonso VIII ordenó al Concejo de Calatrava que la Orden tuviera en cada castillo 40 yugadas (1200 has.).

Alfonso VIII entregó a partir de 1171 a las órdenes militares, territorios en poder de nobles castellanos constituyéndose las primeras encomiendas en Calatrava, Guadalerzas y Malagón.

Las cartas de población obligaban a plantar viñas para fijar población con un cultivo arraigado y de ciclo más largo que los cereales.

El fuero de Cuenca, inspirador de la mayoría de las cartas fundacionales, clasifica a los vecinos entre caballeros y peones, según su disposición para hacer la guerra o cultivar la tierra. La sociedad se complementaba con moros cautivos y moros libres.

A medida que la frontera se desplaza hacia el sur, la guerra empieza a ceder su dominio a la hora de clasificar a los habitantes.

La religión

viernes, 12 de julio de 2013

La Mancha antes de la batalla de las Navas de Tolosa

Castillo de Alarcos
La actual Castilla-La Mancha era en buena parte una extensa frontera, prácticamente despoblada y jalonada por una serie de castillos defensivos.

Batalla de Alarcos, 19 de Julio de 1195

Yacub ben Yusuf Al-Mansur respondiendo a las incursiones cristianas sobre Andalucía se dispuso a emprender una gran campaña contra el reino de Castilla. Cruzó el estrecho de Gibraltar el 1 de junio de 1195. El 8 de junio desde Sevilla comienza a organizar a su ejército. El 4 de julio de 1195 partió de Córdoba cruzando Despeñaperros por el puerto del Muradal avanzando sobre la explanada de Salvatierra. 

Cuando Alfonso VIII supo que las tropas musulmanas se dirigían a su reino por el camino de Córdoba a Toledo, convocó a su ejército compuesto por los caballeros de Toledo y los de las órdenes de Calatrava y Santiago, los obispos de Ávila, Segovia y Sigüenza y gentes de toda la extremadura, así como de las demás regiones del reino y se dirigió a Alarcos donde puso su campamento sin esperar a las tropas leonesas y navarras que iban en su auxilio. 

El ejército Almohade acampado en las cercanías de Alarcos, acordó descansar el 18 de julio y prepararse para la madrugada del miércoles 19 de julio.

Al Mansur formó a su ejército alrededor de la colina "La cabeza". Los cristianos que estaban esperando el ataque desde el día anterior, se desplegaron por las laderas de los cerros de Alarcos y el Despeñadero.

Los cristianos disponían de dos regimientos de caballería: en primera línea estaba la caballería pesada (de unos 10.000 hombres) al mando de Don Diego López de Haro y sus tropas, seguida después de la segunda línea, donde se encontraba el propio Alfonso VIII con su caballería e infantería.

Por parte de las tropas almohades, en vanguardia se hallaban la milicia de voluntarios benimerines, alárabes, algazaces y ballesteros, que eran unidades básicas y muy maniobrables. Inmediatamente tras ellos estaban Abu Yahya ibn Abi Hafs (Abu Yahya) y los Henteta, la tropa de élite almohade. En los flancos, su caballería ligera equipada con arco y en la retaguardia el propio Al-Mansur con su guardia personal.

El calor, la fatiga, errores tácticos, la labor de los arqueros y las maniobras de desgaste de los musulmanes provocaron una tremenda derrota de los castellanos.

Tras el asalto a la villa y la victoria almohade, las fosas de cimentación de la muralla, aún abiertas, sirvieron para arrojar los despojos del enfrentamiento: los cuerpos de los defensores, caballerías del ejército vencedor, así como materiales de desecho del campamento almohade y armas y pertrechos propios de un ejército de la época.

Consecuencia de la magnitud de la derrota en Alarcos fue la pérdida no solo del Campo de Calatrava si no de todo el Campo de Montiel que pasó a manos de los almohades, que llegaron a asediar Toledo y Cuenca. A su paso destruyeron el castillo de Calatrava “la Vieja” quedando de nuevo en poder de los sarracenos los castillos de La Mancha.

Anexo 6) Alarcos

miércoles, 10 de julio de 2013

La Península Ibérica antes de la batalla de las Navas de Tolosa

Península Ibérica entre 1157 y 1212
Antes de la batalla de las Navas de Tolosa, la situación en la península Ibérica era la siguiente: 

En el Norte, hasta la línea del Tajo, se dividía en cinco reinos cristianos, León, Castilla, Navarra, Aragón-Cataluña y Portugal. 

El Sur y Levante formaban parte del extenso Imperio Almohade, que no sólo comprendía al-Andalus, sino también Marruecos, Mauritania, Túnez y Argel.

Los estados cristianos del norte tenían un enemigo natural e histórico, el Islam, contra el que se batallaba casi continuamente salvo los periodos de pactos o treguas. Pero la unidad no era total entre los reinos cristianos a pesar de estar emparentados sus monarcas. Los enfrentamientos por los territorios fronterizos eran una constante.
El enfrentamiento entre León y Castilla se hizo más crudo después de la batalla de Alarcos, en la primavera de 1196, hasta el punto que tuvo que intervenir el Papa Celestino III. Los primeros se aliaron con los Almohades y los castellanos con Aragón.

Finalmente en diciembre de 1197 las tensiones entre León y Castilla se relajaron por el matrimonio entre el rey leonés Alfonso IX y la hija mayor de Alfonso VIII de Castilla, doña Berenguela.

Reino de Castilla

La muerte de Alfonso VII el 21 de agosto de 1157, supone la división del reino entre sus dos hijos, pasando León a manos de Fernando II y Castilla a las de Sancho III.

Sancho III, el rey de la nueva Castilla, muere el 31 de agosto de 1158 con tan solo 25 años. Su sucesor, Alfonso VIII, había nacido el 11 de noviembre de 1155. Sin haber cumplido los tres años y huérfano de padre y madre, el niño rey fue confiado, tal como dispuso Sancho III en el lecho de muerte, a la tutela y educación de don Gutierre Fernández de Castro, miembro de una de las primeras familias de Castilla[1], convirtiéndose en regente del reino, hasta que esta función le correspondió a Nuño Pérez de Lara en 1164.

Durante su minoría de edad, el reino de Castilla se ve acuciado por problemas nobiliarios, el enfrentamiento entre dos facciones enfrentadas, los Castro y los Lara y por el ataque de los reinos rivales de Navarra y León.

El 11 de noviembre de 1169, Alfonso VIII al superar su minoría de edad, se hizo cargo personalmente del reino de Castilla.

El reinado de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214) fue excepcional, ya que presenció dos de las más importantes batallas de la Historia Medieval Hispánica, Alarcos (19 de julio de 1195) y las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212).

Ambos choques representan dos caras de la misma moneda, una gran derrota y una gran victoria, un mismo rey frente a un mismo enemigo político y religioso, los mismos objetivos militares sostenidos por los mismos ideales.

Los cronistas de su época manifiestan que fue un rey prudente, valiente y generoso, así como inteligente, de gran capacidad intelectual y memoria. Fue honesto y buen padre de familia. Existen testimonios escritos sobre el afecto que profesaba a sus hijos, y su matrimonio con Doña Leonor fue ejemplar[2]. Profesó un verdadero culto a la amistad, como se pone de manifiesto en los casos de D. Pedro II de Aragón y de Diego López de Haro. 

Reino de Aragón

lunes, 8 de julio de 2013

Batalla de las Navas de Tolosa (II), Nacimiento de las Órdenes Militares


Nacimiento de las Órdenes Militares

La tendencia a sacralizar la violencia contra los enemigos es el reflejo de una actitud primaria en el hombre muy presente en las culturas judía, cristiana y árabe. En las guerras santas, los que mueren luchando en defensa de sus creencias, consiguen la salvación eterna.

Este ideal es una de las fuentes que propiciaron la fundación de las Órdenes Militares en el siglo XII, aunque en un principio, tanto la del Temple como la de San Juan surgieron en Tierra Santa hacia 1120 con los objetivos no militares de custodiar el Santo Sepulcro y dar acogida y asistencia hospitalaria a los peregrinos.

La Orden de San Juan junto a la del Temple, a diferencia de Calatrava, Santiago o Alcántara que son de origen hispánico, son las dos Órdenes internacionales que intervinieron en la reconquista y en la posterior repoblación de los territorios españoles.

El surgimiento de las órdenes militares dentro de la Península Ibérica puede interpretarse como una traslación del modelo de las órdenes internacionales surgidas a raíz de las cruzadas en tierra santa, pero su nacimiento como su posterior evolución presentan rasgos diferenciales, porque jugaron un papel fundamental, en la lucha de los reinos cristianos contra los musulmanes, en la repoblación de extensos territorios desde el Tajo al Guadalquivir y se convirtieron en una fuerza política y económica de primera magnitud, teniendo además gran protagonismo en las luchas nobiliarias habidas entre los siglos XIII a XV, cuando finalmente los Reyes Católicos lograron hacerse con su control.
Las Órdenes Militares aumentaron su poder rápidamente, por su naturaleza religiosa y caballeresca y el apoyo de las monarquías y de la iglesia. Alfonso VIII fue un gran impulsor de las Órdenes Militares entregándoles a partir de 1171, territorios en manos de nobles castellanos constituyéndose las primeras encomiendas en Calatrava, Alarcos, Guadalerzas y Malagón.

En 1178 las órdenes de Santiago, San Juan y el Temple, suscriben una carta de hermandad para apoyarse en el combate y mejorar su posición frente a la curia romana. La ausencia de la Orden de Calatrava se explica por el enfrentamiento entre los reinos de León y de Castilla. El litigio sobre los derechos señoriales de Ocaña y Uclés, propician en 1182 el primer acuerdo entre Santiago y Calatrava[1].

La derrota en Alarcos supuso un duro golpe para las Órdenes militares. A la gran cantidad de muertos, hay que sumar también la pérdida de territorios. La Orden de Calatrava perdió incluso su nombre temporalmente por el de Salvatierra.

Después de la victoria en Las Navas fue necesaria su refundación. Las cuatro órdenes (Santiago, Calatrava, San Juan y el Temple), firmaron un pacto de hermandad para mejorar sus relaciones y evitar enfrentamientos en el futuro[2].


domingo, 7 de julio de 2013

Batalla de las Navas de Tolosa (I), extensión de los territorios cristianos

Península Ibérica hacia 1080
Extensión de los territorios cristianos

Entre los años 1010 y 1013, una guerra civil puso fin al califato omeya que había conocido su máximo esplendor con Abderramán III y la construcción de Medina Azahara. Se inicia así la fragmentación de Al-Andalus en diversos reinos conocidos como Taifas, favoreciendo la expansión de los territorios cristianos.

El rey Alfonso VI (1072-1109) fue el primero en hacer temblar el dominio árabe en nuestras tierras manchegas con la conquista de Toledo en el año 1085, llevando hasta el Tajo la frontera entre musulmanes y cristianos.

Comienza de esta forma la extensión territorial cristiana favorecida por un ligero crecimiento económico y demográfico, la aparición del “Espíritu de Cruzada” y algunos avances técnicos y militares. El posterior nacimiento y expansión de las órdenes militares, vino a dar el empuje definitivo.

En 1085 con la caída de Toledo en poder de Alfonso VI, se considera incluido el castillo de Caracuel en el reino de Toledo, aunque debió ser solo de “jure”, ya que años después formó parte de la dote de la mora Zaida en el año 1091.

En el año 1100 se produce un episodio singular en las cercanías de Malagón. Enrique de Borgoña, yerno de Alfonso VI es sorprendido con sus huestes por los árabes al mando de Jussuf emperador de Marruecos a los pies del Castillo de Malagón y la expedición sufre un revés. Enrique se salva únicamente por su cobarde huída.

A principios del siglo XII las conquistas y sucesivas perdidas de los castillos en las proximidades de Calatrava y Alhambra fueron continuas. Alfonso VII (1126-1157) realizó expediciones hacia Córdoba atravesando la Mancha. En 1130 en una incursión hasta Los Pedroches, Caracuel cayó en manos cristianas, aunque debió ser transitoriamente. Lo mismo ocurrió en 1142 con Almedina, posesión que finalmente no se consolidó, como sucedió con las demás fortalezas conquistadas en la Mancha.

El propio río Azuer, según los Anales Toledanos, debe su denominación a una batalla que tuvo lugar el 1 de marzo de 1143, en la que el caballero toledano Munio Alfonso, derrotó y acabó con la vida de dos caudillos musulmanes, a los que identificó como Abenzeta y Azuel, junto al río Adoro, que cambiará su nombre desde ese momento por el del segundo de los árabes.
Azuer poco despúes de su nacimiento

En octubre de 1144 todo el ejército imperial salió de Toledo en dirección a Andalucía: “Realizó muchas correrías por campos de las principales ciudades y villas andaluzas quemando muchos pueblos, castillos y cautivando muchas familias agarenas, de manera que la región de éstos desde Almería a Calatrava quedó desolada y en buena disposición para apoderarse después de las ciudades más principales y fuertes[1]”. Dos años más tarde, 1146, comenzó una nueva invasión de pueblos de África, “los almohades”.

En 1147, Alfonso VII, llamado el Emperador, tomó la ciudad de Calatrava y el vecino castillo de Alarcos junto al río Guadiana. También quedaron en su poder las fortalezas de Malagón, Benavente, Caracuel, Almodóvar, Salvatierra, Bolaños, El Tocón, Alhambra, Eznavejor, Montiel y cuantas le salían a su paso en el camino hacia Córdoba y Jaén pareciendo que finalmente la cristiandad desplazaría su frontera hacia el sur de la península.

Desde la conquista de Toledo en 1085, hasta la de Calatrava en 1147, los escasos habitantes de La Mancha, pastores en su inmensa mayoría, ante la imposibilidad de llevar a cabo un aprovechamiento agrícola, por las continuas incursiones que realizaban las fuerzas cristianas y musulmanas, vivían en campamentos o aldeas en la proximidad de puntos fortificados. Únicamente Calatrava y Alarcos podemos considerarlas poblaciones propiamente dichas.

Como vemos, la frontera en este periodo, más que una línea claramente definida que separaba ambos territorios, era “un espacio amplio y permeable en el que convivían musulmanes y cristianos”[2].

viernes, 5 de julio de 2013

Julio, mes de guerras y batallas. Alarcos y Navas de Tolosa


Navas de Tolosa de Van Halen, Senado de Madrid.
El mes de julio ha sido históricamente la época idónea para el desarrollo de campañas militares. Los días son largos, la posibilidad de lluvia es casi nula, los caminos y campos no están embarrados y se encuentran transitables y los cauces de los ríos, o están secos o llevan una caudal escaso. Todos estos factores permiten la movilidad de los ejércitos.

No es casualidad por tanto, que durante este mes tuvieran lugar grandes batallas campales, aquellas en las que los ejércitos contendientes, se preparan con tiempo y se encuentran en un lugar y un momento determinado. Así podemos citar:
Batalla de Alarcos, 19 de julio de 1195
Batalla de las Navas de Tolosa, 16 de julio de 1212
Batalla de Bailén, 19 de julio de 1808
Inicio de la Guerra Civil Española, 18 de julio de 1936
Inicio de la Batalla del Ebro, julio de 1938

Batalla de las Navas de Tolosa
El lunes 16 de julio de 2012 se cumplirán 801 años de la Batalla de Las Navas de Tolosa, llamada en la historiografía árabe Batalla de Al-Uqab (معركة العقاب. Tuvo lugar cerca de la población jienense de Santa Elena. La victoria en las Navas, permitió extender los reinos cristianos, principalmente el de Castilla, hacia el sur de la península Ibérica.

Nuestras tierras tuvieron un papel fundamental, no solo en el recorrido de las tropas cristianas desde Toledo. La Mancha fue desde 1147, una extensa frontera, prácticamente despoblada y jalonada por una serie de castillos defensivos, entre los que se encontraba el Castillo del Tocón de Membrilla, que caían sucesivamente en manos cristianas y sarracenas.

Esta decisiva batalla fue el resultado de la cruzada organizada por el rey Alfonso VIII de Castilla, el arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada y el papa Inocencio III contra los almohades musulmanes que dominaban Al-Ándalus y amenazaban los reinos cristianos tras la derrota del rey castellano en la batalla de Alarcos (1195), que había tenido como consecuencia el desplazamiento de la frontera hasta los Montes de Toledo, amenazando la propia ciudad de Toledo y el valle del Tajo.

A lo largo de los próximos capítulos haremos un repaso de la ocupación musulmana de La Mancha, los antecedentes de la batalla, el contexto histórico, el papel de las Órdenes Militares, los modos de vida cotidianos, el avance de las tropas por nuestra provincia y las consecuencias de la victoria cristiana. Al mismo tiempo combinaremos el relato, con una semblanza de los personajes participantes y la descripción de los castillos, fortificaciones y parajes que fueron escenario de la contienda.

La batalla de las Navas fue una etapa importante en el largo proceso de siete siglos que liberó la Península Ibérica del dominio musulmán, pero muchos autores cuestionan el término Reconquista, que ha definido esta compleja parte de nuestra historia y lo hacen en base a la inexistencia de los reinos cristianos en el momento de la ocupación musulmana, no se puede volver a conquistar algo que no se ha poseído previamente. Además, el periodo estuvo marcado, dentro de los dos bandos contendientes, por desacuerdos, enfrentamientos y luchas dinásticas y territoriales, pero también, por treguas y pactos estratégicos y económicos, incluso con el enemigo religioso.

En cualquier caso, podemos afirmar que la victoria cristiana en las Navas abrió el camino para una nueva configuración territorial y poblacional de las tierras de La Mancha, que con leves matices es la que tenemos hoy día.

Ocupación musulmana de La Mancha.